La belleza de dejarse ir
- The M Man

- 11 dic 2025
- 2 Min. de lectura

Una cámara desechable nos pide algo poco común: rendición. En un mundo construido alrededor del control, de las repeticiones, de las revisiones, de la retroalimentación instantánea, se vuelve casi radical sostener una herramienta que no ofrece nada de eso.
Sin pantalla. Sin correcciones. Sin segundas oportunidades.
Sólo el momento tal como es, no como deseamos que sea.
Y de alguna manera, esa ausencia se convierte en una especie de libertad.
Empiezas a confiar de nuevo en tu propia mirada. No en la mirada curada, moldeada por algoritmos y preajustes, sino en la instintiva, la que responde a la luz, la textura y la emoción.
Aprendes a confiar en el tiempo, a confiar en el ritmo tranquilo de todo lo que se desarrolla ante ti. Incluso los pequeños accidentes, los bordes borrosos, los colores inesperados... revelan una belleza que no podrías haber planeado.
Una cámara desechable te ralentiza . Elimina el ruido, la urgencia, el impulso de perfeccionarlo todo. Cada fotograma se convierte en una pequeña decisión: ¿ Vale la pena recordarlo? ¿Vale la pena tomarlo solo por mi cuenta?
Y en esa pausa, algo cambia. Empiezas a prestar atención de otra manera, con más delicadeza, con más honestidad.
También hay ternura en la espera. No sabes lo que capturaste hasta mucho después, cuando el rollo regresa a ti como una cápsula del tiempo.
Las fotografías llegan separadas del momento pero llenas de su verdad.
Una versión del día que viviste pero que no apreciaste del todo.
Una versión de ti mismo que quizá hayas olvidado.
Una cámara desechable no promete perfección. Promete presencia. Promete sinceridad. Promete un registro de la vida sin pulir, tal como se sentía, no como se editó para que pareciera.
Y tal vez ese sea su poder silencioso: el recordatorio de que la belleza no siempre es algo que puedes controlar.
A menudo, es algo que permites. Algo con lo que llegas a un acuerdo.
Algo que dejaste que sucediera.







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